
Hallan niño mutilado en los subterráneos de Buenos Aires.
En la noche de ayer alrededor de las 21:30, mientras recolectaban residuos en la estación Plaza Miserere de la línea “A” de subterráneo, se halló dentro de una bolsa plástica el brazo perteneciente a un menor de edad todavía no identificado. De inmediato se dio parte a la comisaría N°15 responsabilidad del comisario Rafael Billegas que siguiendo la disposición judicial ordenada por Dr. C. Ollarvide, detuvo la recolección de residuos y cortó el servicio en todas las líneas.
Durante toda la madrugada se llevó a cabo el sigiloso operativo sin precedentes en la ciudad de Buenos Aires. La policía forense fue la encargada de la angustiosa búsqueda de pistas y evidencias en pro de comprender el crimen, para dar así con el deshumano. En la “A” donde se centralizo la investigación se encontró el resto del cadáver.
Hasta aquí lo que el secreto de sumario informa; pero fuentes allegadas al operativo amplían la información: Los restos se hallaron en las estaciones de Congreso, Perú, y en los andenes de Primera Junta; (este periodista, se reserva los detalles de cuales se hallaron y en qué estado se encontraban). Los rasgos en común entre las víctimas son: Niños, o niñas, de unos siete a diez años de edad; se estima que se tratarían de los denominados Pibes de la calle. La hipótesis; el perverso aprovecha la indefensión de los chicos en la calle para cometer sus aberrantes fantasías psicóticas. Su temprano perfil dibuja un adulto de mediana edad y de seguro, aspecto solitario.
Pensé en no laburar esa tarde; la televisión nombró 9 veces la idea de aplicar la pena de muerte 11 veces se narraron los hechos cómo una película barata y 13 trataron la problemática de los chicos de la calle; pero debía recuperar lo que anoche me había limado. “Cualquier persona; ese hombre que viaja al lado suyo todas las mañanas, aquel que se cruza por la calle, cualquiera puede ser el infanticida”; dijeron a coro los conductores de la tele.
Bajé por las escalinatas de la estación San José luego de arrebatar el bolso rojo. A ceño fruncido leían los afiches del asesino suelto en las vías bajo tierra, finjo interés por ese escrito. Con el rabillo del ojo mantengo la boca de subte al fondo de mi visión. ¿Qué horror, no?, Así exigió una paqueta señora la tan tediosa complicidad pretendida entre extraños. Respondí, mudo, sin ocultar mi total desinterés. Finalmente subí al tren apenas se abrieron las puertas a mis espaldas. La señora suspicaz por mi huida estudió mi rostro luego su mirada interrogó el bolso. Contesté el acoso señalando sus ojos con lo míos, busqué intimidarla, hacerle desistir de su acecho quería. ¡Monstruo!, Denunció aterrada junto a su dedo erguido en el medio del vagón. Sujetado por los pasajeros la versión de ella se entendió como sentencia popular a pena capital por linchamiento. Alguien de la mandíbula me tomó, hasta que rendido, en el piso me la dislocó. Pisotearon el rostro, como dándole muerte a cientos de insectos y un talón hundió el pómulo; puntapiés astillaron costillas perforando los pulmones con mis propios huesos. La vida se ahogó en el fondo de la turba asesina, en lo que tardó el subte unir Lima con Perú.
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