
Difícil se me hace recordar cuando abrí los ojos aquel día, más aún cual fue el primer sonido que escuché. Trataré de acordarme, disculpen mis inexactitudes es que ni siquiera puedo discernir si lo que viví ese día fue soñando o fue en pie y con los ojos bien abiertos...
Un silbido delgado y agudo se manifiesta, no recuerdo bien su origen simplemente se presenta. Sin embargo, no puedo aseverar su procedencia ni siquiera si realmente es un sonido audible para todo aquel que preste atención, más bien sentía su presencia. Luego, sin avisar, como preludio de su metamorfosis unas sinuosas vibraciones que golpeando primero mi pecho se anteponían al apacible silbido para luego desdibujase en murmullos. Voces que provenían de un sótano al cual solo me separaba un delgado piso de madera. Trato de alegar con mis manos el piso temeroso de ellas, hasta ese entonces desconocidas voces, pero mis brazos flaquean se quiebran ante el magnetismo de esos raros ecos. El peso se hace insoportable, caigo. Silencio.
Un zumbido grueso y áspero nace de mi pecho se expande en mí tórax, recorre mi garganta, para morir se agudiza y sigila en mi boca y labios. Mi lengua reconoce su hábitat, dientes, paredes internas de la boca y el paladar, el paladar que al tocarse con la lengua no quiere despegarse de ella, mi lengua trata de zafar de la eminente fusión. Aterrorizado por imaginar un futuro con mi lengua y paladar unidos hasta mi muerte, imposibilitado para hablar, comer, gritar, besar, cantar hasta el día de mi muerte. Invoco con premura una revolución en la antesala de mi boca, para que un ahogado grito los separe. Fue un éxito mi plan, un áspero lamento divorció esa mala yunta. Solo tuve que lamentar algunas bajas en el enfrentamiento que fueron sutilmente despedidas de mi boca.
Sin aviso alguno las voces volvieron, nítidas y muy identificables. Se trataban de un locutor que hablaba del calor, de cuanto tiempo el sol se sostendría en el cielo y cosas por el estilo, (mi conjetura hoy, es que hablaba del clima y de cuando iba a anochecer aquel día). Una bocina, el viento entre los edificios, autos y un colectivo desembarcaban por mi ventana, más mi casa en silencio. Escucho como acaricio y rasco suavemente la cabellera de una bella dama. Pero el sonido nacía solamente en mi cabeza, rompo el hechizo con una nota musical que se estira en su agonía, o con un largo bostezo como más lo quieran llamar.
El locutor irrumpe la escena al comentar la hora que en mí sería lo mismo que decir que tarde llegaría a la facultad. Mis pies se hicieron sentir secos, rotundos pautando un ritmo acelerado por toda la habitación. Pronto llegó un mar encerrado en mi boca, olas chocando contra acantilados, una lluvia de verano cuyas gotas chocan en mi rostro un tras otra, golpean mi cabeza dejando un pequeño ruido cada vez que mojan mi cuerpo una y otra vez. Tomo un vaso con agua me lo llevo a la boca abro mis fauces y vuelco todo el contenido en mi buche, con fuerza trago y mi garganta hace sonar el esfuerzo con encapsulados sonidos al transitar el agua por mi nuez una, dos, tres y cuatro veces. Aliviado después de aquel esfuerzo solo una orgásmica “a” pronuncio, como descanso por adelantado que me daba por la corrida que me esperaba.
Mis pasos esta vez marcaban el ritmo con un sonido seco, como en mi habitación pero esta vez, la habitación se encontraba dentro de mi cráneo y vecina a mis oídos. Metales chocando entre sí me abrían paso por mi edificio y a la calle. Nuevamente, aunque esta vez más vividos: las bocinas, coches, colectivos y el viento por y entre las calles. Los sonidos de mis pasos se pierden, pero el ritmo no. Como si se tratase de un ritmo supremo y ordenador que pautaba el llegar las voces débiles de unos pibes esperando el colectivo, de su conversación clara y de su huida para mezclarse con los motores, con el caucho sobre el pavimento. Un ritmo que marcaban los pasos de personas que llegaban, acentuaba sus pasos y me dejaban. Pronto el ritmo cesó, estaba parado acorralado entre un masticar en mi nuca y una diminuta música que saldría de la nuca de quien tenía enfrente.
El boleto, al romperse me despierta de la espera en la cola para tomar el colectivo que me dejase pronto en la facultad. Me siento ya relajado al depositar la responsabilidad de llegar rápido a mi destino al chofer. Sentado busco la mejor posición para la comodidad de mi cuerpo y esta pedía que mi cabeza se apoye en la ventana. El rugir del motor del colectivo subía por mis pies, piernas, pelvis, pecho, para salir por mis oídos. Tratando de ignorar esa incómoda y vibrante experiencia finalmente apoye mi cabeza sobre la ventana. Grave error el mío, si es que realmente buscaba calma para mi viaje. Como un látigo que con un subido grave corta el aire anticipando un doloroso chispeo, el golpeteo del acrílico de la ventana anticipaba el irremediable despegue de mi cabeza de su cómodo reposo para volver violentamente a la ventana con un feroz golpe. Tratando de ignorar los sucesivos golpes en pro de un apacible viaje. Invento mil mañas para que los golpes sean más leves, refugiado una triste teoría de que aplicando con mi cabeza una pequeña resistencia sobre la ventana los subsiguientes sacudones sean amortiguados, pronto la ventana sería un tambor y mi cabeza una mano que golpea una percusión que acompañaba los baches. Un constante repiqueteo mi cabeza ejecutaba en la desafortunada percusión improvisada. El viaje fue erguido atento al zumbido del motor y las interesantes conversaciones ajenas, que pasaron a ser quienes vigilaban que en ningún momento me relajara.
El sonido del motor se transformó en un delgado zumbido al vehículo entrar en la autopista y tomar velocidad. Las conversaciones de los demás pasajeros dejaron de ser tan interesantes. Aquel silbido del motor tomó total protagonismo del viaje. Un silbido delgado y agudo se manifestaba, ya no puedo recordar de donde vino simplemente se presentó. Sin embargo, no puedo aseverar el origen ni siquiera si realmente es un sonido audible para todo aquel que preste atención más bien... solo sentía su presencia...
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