Una crónica

Sonaban las cuatro de una madrugada agitada, cuando el despertador me hacía recordar que ya era hora de levantarme. Labor fácil para el aparato ya que esa noche específicamente me costó conciliar el sueño. Como de costumbre los pensamientos que cosechaba durante el día no me dejaban cerrar los ojos, de lo que pasó se transformó en una idea, de la idea a un problema, del problema a la angustia de no saber como resolverlo. Así es que esa noche habré dormido un par de horas nada más. Al llegar accidentadamente al baño repasaba mi rutina, tomar el ochenta y seis, cualquiera de sus ramales, bajarme una parada después de la estación de servicio de Independencia y Av. Colón en la calle Defensa en donde unas cuadras más halla estaba la editorial y rezar que una vieja molestia en mi rodilla izquierda no vuelva a presentarse como lo estuvo haciendo por esos días de trabajo.





Por ese entonces había conseguido un trabajo temporario, de unos pocos días, en una editorial que estaban en plena mudanza y necesitaban gente que la ayude en el depósito al que ellos lo llamaban departamento de logística. Mi trabajo era ayudar a la gente de allí, preparando los libros para la mudanza, recibiendo las devoluciones de las librerías, armando los pedidos, trasladar a los libres a los camiones que lo llevaban a su nuevo destino, un changarín va’... Tal vez mí tarea más importante era controlar mi humor. Para que se entienda, aquel laburo era bastante molesto. Por empezar por tratarse de trabajo. Y la tortura no terminaba en eso, sino que a demás era muy pesado, poco descanso, mala paga y lo que fomentaba aún más mi fastidio por sobre todas las cosas era los compañeros.

En la parada del colectivo haciendo fuerza en los párpados para que estos no decaigan, una maza se acercaba hasta mí, era un colectivo, azul y con un seis en el cartel. Suficientes indicios para que sea el ochenta y seis, lo pare, paró y me subí. No sé si esa mañana yo estaba muy cansado lo suficiente como para no ver demasiado bien o realmente había una bruma estacionada sobre Buenos Aires. Cuestión que a pocas cuadras de mi casa el colectivo dobló, ¡no era el ochenta y seis, era el cuarenta y seis!. Muy mal no me dejaba pero las vueltas que da ese bondi son laberínticamente aletargadoras. En mi cabeza empezaba a replantearme la rutina de la llegada al trabajo por este pequeño percance. Recién cuando pase por las fantasmagóricas fábricas de pepsi y coca-cola había resuelto como seguiría mi ruta a destino. Pero inmediatamente otro golpe iba a recibir en mi ya accidentada rutina. En donde me tenía que bajarme: constitución, tras la autopista de la nueve de julio, no podría ver al obelisco. Resulta que cada vez que voy al centro, ó me alejo de él, al cruzar por la 9 de julio tengo que voltear a ver al obelisco y saludarlo. Con un guiño de ojo le basta. Realmente no sé por que lo hago ni siquiera desde cuando lo hago. Tal vez me encomiendo a la ciudad para que esta no me trate tan mal.

Empezó el trabajo y las horas no llegaban más. Me acuerdo que en el sector de archivo al lado del pasillo principal, era el único lugar en donde había una pequeña radio. Cada vez que pasaba alguien por allí traía el parte de noticias de como eran las cosas en el exterior. Las noticias eran asimiladas como si estas fueran de otro mundo, se las acompañaban con un sutil gesto y se seguía en el trabajo. Admito que las primeras novedades de la mañana se tomaban así, así yo me sorprendía, me conmovían y reflejaban mi situación allí. Que un compañero me haga llegar sus aires de jefe derrumbaba toda percepción de que existía un afuera que acabadamente no estaba mejor que mi encierro. Luego sin darme cuanta sería yo el que inventase mil gestos nuevos para alejarme del afuera y seguir apilando libros uno arriba de otro.

Pero hay veces que lo de afuera gana lo aparentemente encofrado y aquel día fue así. Pasando el mediodía, como fantasmas diurnos esos que solo en Buenos Aires pueden haber, voces afloraban de la pared medianera del fondo de la editorial. Se oían gritos lejanos, palabras que no llegaban a escucharse, los nuevos empezamos a inquietarnos sin tener una respuesta para lo que estaba pasando puesto que nunca habíamos experimentado tal cosa. Cuando le preguntamos a los veteranos del depósito nos dijeron serenamente que la medianera daba con las celdas de la comisaría de San Telmo. Aquellas voces pertenecían a los detenidos que llegaban aquel día y que siguieran llegando durante todo el día.

Como un hilo de agua que pasa por una pequeña grieta, erosionándola, resquebrajándola por dentro al más fuerte de los cementos, burlando estructuras del más pesado hierro. Como pueblo que despierta de pesadillas sufridas por el solo pecado de soñar... Como hilo de agua, las voces ocultas tras esa pared supieron encontrar su destino: los oídos de los jefes, de ahí en más la preocupación por el afuera estaba permitida para los trabajadores.

Alrededor de las cinco y media de la tarde una reunión convocado por los gerentes de la empresa se realizaba en la puerta de salida del depósito. En esta reunión se comunico que por ese día se terminaba el trabajo a las seis de la tarde. Sin dejar más comentarios por hacer todos a los quince minutos ya estábamos listos para abandonar el barco.

Estando afuera en mi pensamiento solo reinaba la alegría del término de la jornada laboral. Pero algo empezó a suceder, esa alegría se transformó en una intriga asfixiante. Los rostros, los ojos, el caminar de las personas empezaron a hablarme. Me decían sin parar cosas que nunca repare en todo el día a escuchar... ¿Qué habría pasado en el mundo exterior?.

Arriba del ochenta y seis de vuelta a casa, esperaba expectante que clase de radiografía nos arrojaría las calles. Fue una tarea difícil puesto que las calles que estaban ligadas a la plaza estaban cerradas al transito. Por la Av. Independencia se subió un par de mujeres que se ve que estaban participando en una protesta reclamando comida frente a un supermercado. En un principio estaban realmente excitadas por lo que conlleva poder desahogar su bronca, tenían una sonrisa en sus labios, reproducían los cánticos de la marcha y se comentaban entre sí los pormenores de la manifestación.

La ciudad nos cuartea el viaje, pronto los pasajeros y hasta el mismo chofer éramos uno solo. A lo lejos la Avenida de mayo tomó vida propia no eran personas las que se movían, la calle lo hacía, no eran los vientos las que la surcaban, sino un aire oscuro y espeso. Al unísono sintonizamos pensamientos, con una ansiedad en los ojos. ¿Qué pasará cuando lleguemos a la 9 de julio? A pocas cuadras de antes de cruzarla viramos nuestras cabezas a la derecha a la espera de aquel escenario que nos aguardaba. Inmóviles, expectantes, angustiados. Al llegar no podíamos ver al obelisco, fue como si taparan al protagonista de la avenida para que los protagonistas de la calle fueran los hombres. Un coche en llamas, corridas, gritos, policías por doquier y los motoqueros siendo los jinetes de la batalla, arriando la bronca.

El resto del viaje fue en absoluto silencio, los compañeros de trabajo no hablaron entre sí, las chicas que se subieron en Independencia lejos de estar exacerbadas estaban mirando fijamente por la ventanilla, el chofer no sé si por evitar mayores complicaciones en el trayecto ó solo por no querer ver más. Desvió su recorrido hasta una cuadra antes de la subida en la autopista por Jujuy. No parábamos de ver las calles, las caras de las personas por las veredas con un entusiasmo poco visto por esos días.

No parábamos de pensar, queríamos llegar a nuestras casas para saber más, que más había pasado por medio de la televisión y no bajamos para averiguarlo. El entusiasmo por lo que pasó era innegable, saber que en ese día era inminente que el presidente de la nación renunciara y que la gente común fue una causa fundamental. Hubo otras manos mucho más manchadas que las nuestras que intervinieron, pero nadie nos sacaría nunca más el saber que pudimos conocer nuestro propio poder. Pero como caótico fue ese día, caótico era nuestro espíritu. De ser dueños y protagonistas de la historia, no podíamos obviar el largo y doloroso génesis que atravesamos para aquella ebullición. Tras la sonrisa de las chicas había hambre, tras los héroes en dos ruedas había sufridos trabajadores, tras el humo negro una ciudad horrorizada, tras algunos espectadores como yo hubo culpa, tras los que huían había impunidad y cobardía, bajo los policías: muertos. No pudimos soportar eso, la euforia, el dolor y todo de golpe. Una de las chicas volteó para limpiarse una lágrima y eso fue suficiente. Lloramos, cada uno a su manera. Estando en la autopista con el ritmo que llevan los colectivos por allí tuve que esconder mi rostro en la ventana, no fui lo suficientemente valiente como para compartir.

Hoy pasó mucho tiempo de aquel día, recién hoy puedo hablar de lo que me pasó. El día en que no pude ver al obelisco ni en mi llegada ni en mi huida, de más esta decir que ya es obligación saludarlo cada vez que lo veo. También fue el día en el que entendí por que decía tanto que amaba como odiaba a mi ciudad de Buenos Aires. Fue el día que en un bondi todos éramos uno solo y nos entendíamos sin hablar ni vernos, teníamos algo en común más halla de ser de la misma tierra y de estar en un mismo colectivo viajando juntos. Sabíamos de que lado estábamos y era el nuestro...

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